Un amigo de Australia al que le gusta mucho el tango quería regalarle mi curso a su hija y a su hermana. Me dijo que se lo ofreció y que ellas lo discutirían con sus respectivos esposos y luego le responderían.
Mientras esperaba su respuesta pensé que los esposos serían celosos y tal vez no les gustaba la idea de que sus esposas aprendieran a bailar tango y en el futuro fueran solas a las milongas.
Pero la razón por la que estos dos matrimonios debían discutir sobre si las mujeres aprenderían a bailar tango o no, es que la decisión también involucraría a los esposos. Si las mujeres bailaban, ¡ellos deberían bailar también!
Es que ambos matrimonios viven en pueblos pequeños donde la única posibilidad de bailar sería con sus propias parejas. Supe esto más tarde cuando mi amigo me lo dijo.
¡Nunca había pensado en esa posibilidad! Solo pensaba en maridos celosos 🙂
Recuerdo que cuando comencé a ir a las milongas, aquí en Buenos Aires, era una de las pocas mujeres casadas que iba sola a bailar.
Los milongueros asumían que yo iba sin que mi esposo lo supiese. ¡No podían creer que estaba sola en la milonga y que mi esposo estaba de acuerdo con eso!
Recuerdo que incluso me decían: “Si yo fuera tu esposo, no te dejaría ir a bailar sola”. A lo que luego de escuchar eso mismo de muchos milongueros, comencé a responderles: “Bueno, esa es una de las razones por las que me casé con él y no contigo” 🙂
En la época en que los milongueros crecieron en Buenos Aires, el tango era prácticamente la única actividad social que los jóvenes, chicas y chicos compartían. En esos bailes, en que las madres acompañaban a sus hijas, muchas jóvenes parejas se conocieron y con el tiempo comenzaron una relación sentimental que muchas veces se formalizó en matrimonios.
También se bailaba en las Confiterías del Centro. Allí, la concurrencia era de mayor edad. Solía haber gente soltera y también casados que “se escapaban” para ir a bailar. Claro, el tango estaba tan vinculado a relacionarse y formar parejas que ninguna esposa o esposo estaba feliz con la idea de que su pareja fuera a bailar solo/a.
Por eso, no me extraña que en los años 90, los milongueros se sorprendieran al saber que podía ir sola a la milonga sin haberme “escapado”.
Los milongueros interpretaron que yo “me escapaba” e iba sola a bailar. Y yo interpreté que los maridos de la hija y la hermana de mi amigo australiano eran celosos.
Cuando le conté a mi amigo sobre mi malentendido, ambos nos reímos y él se sorprendió de que los milongueros no creyeran que mi esposo estaba de acuerdo con que yo debía ir sola a la milonga. Agregó que la mayoría de las mujeres con las que baila son casadas.
Me resultó muy interesante cómo cada uno de nosotros, de acuerdo al lugar donde vivimos y las experiencias que hemos tenido a lo largo de la vida, interpreta de manera tan distinta una misma situación. Culturalmente hay diferencias que harán que la misma situación se vea distinta de acuerdo a los ojos que la ven.
Por otro lado, me parece hermoso que actualmente el tango se baila en todo el mundo y personas de diferentes culturas puedan abrazar su esencia.
Un abrazo,
Mónica